En una de las fotos encontré la verdad.
Camila aparecía junto a mi suegra, ambas sonriendo frente al asador. Mi suegra llevaba el collar de perlas que yo le regalé en Navidad. Camila tenía una mano sobre el brazo de Rodrigo.
Al fondo, sobre una mesa, estaba mi pastel.
Mi pastel.
Mi trabajo.
Mi dinero.
Mi ausencia convertida en permiso.
—No vuelvas a llamarme —le dije.
—Tengo mensajes —amenazó—. Tengo pruebas de lo que él quería.
—Perfecto. Dáselos a tu abogado.
Colgué.
A la mañana siguiente llegó una carta certificada. Camila, a través de un despacho, afirmaba haber mantenido una relación estable con Rodrigo y tener “expectativas razonables” sobre ciertos bienes por promesas hechas antes de su muerte.
Patricia respondió en menos de una hora.
No tenía base legal. Cualquier intento de presión sería documentado. Cualquier difamación, perseguida.
Camila desapareció.
Mi familia política, no.
El velorio fue un campo minado.
Doña Elvira me recibió vestida de negro, llorando de una manera perfecta para las cámaras de los celulares. Cuando me acerqué al féretro, me susurró:
—Esto lo provocaste tú. Si hubieras sido mejor esposa, mi hijo no habría buscado cariño afuera.
Por primera vez en días, sentí calor en la cara.
No respondí.
Solo miré alrededor.
Vi a Camila sentada en la última fila, con lentes oscuros, junto a Iván.
Vi a mis suegros aceptando condolencias como si yo fuera una intrusa.
Vi una corona enorme con mi nombre mal escrito: “De parte de Mariana y familia Salazar”.
Yo no la había comprado.
Entonces llegó un empleado de la funeraria con una carpeta.
—Señora Salazar, necesitamos su firma para confirmar el paquete completo y cargar el saldo pendiente a la tarjeta registrada.
Doña Elvira levantó la barbilla.
—Firma, Mariana. No hagas esto más vergonzoso.
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