PARTE 2
A las 6:42 de la tarde, mi celular empezó a vibrar como si alguien hubiera soltado una avispa dentro.
Primero llamó Iván.
Luego mi suegra.
Luego don Armando.
Después otra vez Iván.
No contesté hasta la quinta llamada.
—¿Qué hiciste? —gritó mi cuñado.
Estaba en la cocina, con la computadora abierta y una libreta llena de números frente a mí. Afuera seguía lloviendo. La casa olía a café recalentado y a una cena que nadie comería.
—Buenas tardes, Iván.
—¡Mi mamá intentó pagar el depósito y la tarjeta no pasó!
—Lo sé.
—¿Cómo que lo sabes? ¡Esa tarjeta la ha usado mi mamá por años!
—Como cortesía.
—¡Era la tarjeta de Rodrigo también!
Miré la pantalla del banco. Mi nombre aparecía solo. Siempre había aparecido solo. Rodrigo había sido usuario autorizado, nada más. Su familia jamás preguntó de dónde salía el dinero. Solo aprendió a estirar la mano.
—No. Era mi tarjeta.
Iván soltó una risa amarga.
—Mi hermano acaba de morirse y tú estás cuidando tu dinero.
—Estoy cuidando mis bienes durante un periodo de incertidumbre legal.
Esa frase me la acababa de dar Patricia, mi abogada. La llamé después de descubrir las fotos, los recibos y los correos. Patricia era una mujer seca, inteligente, de esas que podían partir una mentira en dos con una hoja membretada.
—¿Cambió beneficiarios? —me preguntó.
—No.
—¿La casa está a nombre de quién?
—Mío.
—¿Las cuentas de ahorro?
—Mías.
Hubo una pausa.
—Entonces muévete antes de que ellos inventen una historia más conveniente.
Y eso estaba haciendo.
Esa tarde revisé todo: tarjetas, cuentas, seguros, escrituras, pagos automáticos. La casa en Lomas de Angelópolis estaba únicamente a mi nombre porque, cuando la compramos, algo dentro de mí insistió en no compartir la escritura. En aquel tiempo me sentí culpable. Ahora esa culpa parecía una lámpara encendida en un túnel.
Quité a Rodrigo como usuario autorizado. Cancelé accesos secundarios. Cambié claves. Bloqueé cargos recurrentes que no eran míos.
El supermercado de mi suegra.
El seguro de la camioneta de don Armando.
La mensualidad del gimnasio de Iván.
Hasta una suscripción de televisión que yo ni sabía que pagaba.
A las nueve de la noche, Camila me llamó.
No sé cómo consiguió mi número.
—Mariana, creo que debemos hablar.
Su voz sonaba más segura que triste.
—No tenemos nada que hablar.
—Sí tenemos. Rodrigo me prometió cosas. Me dijo que iba a cambiar sus beneficiarios. Dijo que quería protegerme.
Sentí una risa seca subir por mi garganta, pero no salió.
—Rodrigo decía muchas cosas.
—Yo estuve con él dos años y medio.
Dos años y medio.
Doce años de matrimonio, y ella lo dijo como si estuviera mostrando un recibo.
—Entonces también sabes que murió casado conmigo.
Camila guardó silencio.
—Su familia me aceptaba —dijo al fin—. Ellos sabían lo nuestro. Me invitaron a reuniones. No fui una aventura cualquiera.
Eso me atravesó.
No por ella. Por ellos.
Recordé una carne asada en casa de Iván, dos veranos atrás. Yo no pude ir por un cierre de proyecto en la empresa. Mandé con Rodrigo un pastel de tres leches y una ensalada. Esa noche él regresó diciendo que todo había estado normal.
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