—¡Es mi esposa!
Mariana levantó la voz por primera vez en toda la mañana.
—No. Soy la mujer a la que golpeaste porque pensaste que nunca iba a hablar.
El silencio que siguió fue profundo.
Hasta la lluvia pareció bajar de intensidad.
Valeria colocó varios papeles junto al plato de Rodrigo, sobre la mesa donde aún estaban los chilaquiles, el pan dulce y los cubiertos de plata.
—Esta es la demanda de divorcio. Esta es la orden de protección. Esta es la solicitud para congelar cuentas y bienes vinculados al fraude. Y este documento confirma que la propiedad donde estamos sentados pertenece exclusivamente a Mariana Salvatierra desde antes del matrimonio.
Rodrigo se quedó inmóvil.
—Eso no es cierto.
Valeria señaló el expediente.
—Lo es. Usted intentó usarla como garantía falsificando su firma, pero la inscripción original está protegida como bien heredado. No puede venderla, hipotecarla ni reclamarla.
Doña Teresa miró a Mariana con odio.
—Después de todo lo que esta familia te dio…
Mariana soltó una risa amarga.
—¿Qué me dieron? ¿Una mesa bonita para sentarme callada? ¿Un apellido para usarlo como cadena? ¿Una casa donde tenía que agradecer que no me pegaran más fuerte?
Doña Teresa apretó los labios.
—Eres una ingrata.
Mariana caminó hacia ella despacio.
No había furia en sus ojos.
Había algo más peligroso: claridad.
—La invité hoy porque su nombre aparece en 3 autorizaciones de la fundación. Tal vez firmó sin leer. Tal vez sabía todo. Eso ya lo decidirán las autoridades.
La comandante Benítez se acercó a Rodrigo.
—Rodrigo Alcázar, queda detenido por su probable participación en operaciones con recursos de procedencia ilícita, fraude, falsificación de documentos y violencia familiar.
Rodrigo empujó la silla.
—¡No pueden arrestarme en mi casa!
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