Inés avanzó antes de que Alejandro pudiera hacerlo.
—No —dijo ella—. Espere.
—Es mi hija.
—No. Es una grabación.
Abrió el ropero de golpe.
Adentro no había ninguna niña. Había una bocina pequeña pegada con cinta detrás de una caja de zapatos. Junto a la bocina, un celular viejo seguía reproduciendo un audio.
La cara de Alejandro cambió. El dolor se convirtió en furia.
Inés tomó el conejito de la cama y observó la nota.
—Esto no lo escribió una niña de cuatro años.
—Lucía no sabía escribir —susurró él.
—Exacto.
La señora Robles comenzó a sollozar.
—Perdón, señor… yo no sabía que iban a llegar tan lejos.
Alejandro giró hacia ella.
—¿Quién?
La mujer se cubrió el rostro.
—Su hermano Andrés. Su madre. Me dijeron que solo querían asustarlo, que era por su bien, que usted estaba perdiendo la cabeza.
—¿Mi madre hizo esto?
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