—No vuelva a decir eso.
—Entonces abra el cuarto.
La mansión entera pareció quedarse sin aire.
A la mañana siguiente, Alejandro subió las escaleras con la llave plateada en la mano. La señora Robles lloraba en silencio. Inés lo acompañó hasta la puerta blanca.
—No tiene que hacerlo solo —dijo ella.
Alejandro metió la llave.
El cuarto se abrió con un crujido largo.
Adentro había una recámara infantil congelada en el tiempo: paredes amarillas, cuentos, vestidos diminutos, zapatitos rojos. Sobre la almohada descansaba un conejito de madera intacto, con un listón rosa nuevo.
La señora Robles se cubrió la boca.
—Ese conejo no estaba ahí.
Alejandro lo tomó. Tenía una nota amarrada.
La abrió con manos temblorosas.
—¿Qué dice? —preguntó Inés.
Él leyó, y su rostro se quebró.
—“Papá, te esperé.”
Entonces una cajita musical comenzó a sonar dentro del ropero.
La misma canción que Inés había tarareado la noche anterior.
Y desde la oscuridad salió una risa de niña.
PARTE 3
Alejandro no gritó. Eso fue lo peor.
Solo se quedó mirando el ropero como si el mundo acabara de partirse en dos frente a él. La cajita musical seguía tocando, lenta, desafinada, dulce de una forma insoportable. La risa infantil volvió a escucharse, más clara, como si una niña estuviera escondida detrás de los vestidos.
La señora Robles cayó de rodillas.
—Virgencita…
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