Sabiendo que sus fuerzas eran limitadas y que gritar constantemente la desgastaría de inmediato, Dayana tomó la sabia decisión de guardar su voz. Solo gritaría cuando escuchara ruidos muy cerca de su posición.
La salvación llegó cuando, tras más de un día de encierro, escuchó la voz de su propio hermano llamándola desesperadamente entre las ruinas del edificio. Con las últimas fuerzas que le quedaban, Dayana lanzó un grito: «¡Aquí estoy!». Al escucharla, su hermano le respondió con una promesa conmovedora: «Te encontré, y te prometo que no me iré hasta que te saque de aquí».
La comunidad de civiles, voluntarios y rescatistas locales se unieron de inmediato en una carrera contra el tiempo. Trabajando con herramientas improvisadas y abriendo un hueco milimétrico entre el cemento colapsado, lograron llegar hasta ellos. Debido a las dificultades del terreno, primero extrajeron cuidadosamente al pequeño Juan David y, casi dos horas después, lograron liberar a Dayana.
Hoy en día, ambos se recuperan satisfactoriamente en un centro médico de la capital, donde se reunieron con el padre del niño en un abrazo que conmovió a toda una nación. En medio del polvo, las réplicas y la tragedia, el tierno y feroz lazo entre una madre y su hijo demostró ser más fuerte que las toneladas de concreto.
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