“Me tendiste una trampa.”
Mariana tragó saliva. Su garganta ardía.
“No. Te dejé actuar.”
La grabación de la cocina se reprodujo esa misma tarde en una sala privada del hospital.
En el video, Lourdes aparecía junto a la estufa, reclamando que la cena llevaba 19 minutos de retraso. Mariana estaba de pie, con el celular en la mano, pidiéndoles que salieran de su casa.
“Esta casa es de mi hijo”, decía Lourdes.
“No”, respondía Mariana. “Y mañana recibirán una notificación formal para desalojarla.”
Entonces Diego aparecía en escena. No gritaba. No defendía a nadie. Solo servía whisky en un vaso corto y decía:
“Ya ves, mamá. Cuando se siente poderosa, se pone insoportable.”
Lourdes tomó la olla.
El video mostró el aceite cayendo sobre Mariana.
Mostró a Diego agachándose, revisándole el pulso y diciendo: “Necesitamos una historia mejor.”
Luego la arrastró fuera del encuadre.
Pero la grabación siguió captando audio.
“Desbloquéale el teléfono con la cara”, ordenó Lourdes.
“Ya estoy en eso”, respondió Diego.
Se escucharon teclas, respiraciones rápidas, un mueble golpeando el piso.
Después Diego hizo una llamada.
“Puede que no despierte. Mueve lo del fideicomiso esta noche. Usa las fundaciones. Nadie va a revisar nada si la declaramos incompetente.”
El comandante Morales pausó el video.
Ya no miraba a Diego como marido nervioso.
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