ntes de que suban los agentes”, dijo mirando a Diego y a Lourdes, “necesito que me expliquen por qué había una cámara oculta grabando en la cocina.”
Diego dejó de respirar.
Y Lourdes, por primera vez desde que Mariana la conocía, no encontró una mentira lo bastante rápida para salvarse.
La puerta del cuarto se abrió.
Dos agentes de la Fiscalía entraron.
PARTE 2
El rostro de Diego cambió en un segundo.
La sonrisa educada desapareció. El esposo preocupado se desarmó como una máscara mojada. Su mano buscó el hombro de la doctora Camila, pero ella dio un paso atrás antes de que la tocara.
“Esto es absurdo”, dijo Diego. “Mi esposa está medicada. Desde hace meses sufre episodios paranoides. Lo de la cámara solo confirma que necesita ayuda.”
“¿Ayuda?”, preguntó Camila. “¿O silencio?”
Lourdes levantó la barbilla.
“Una mujer decente no espía a su familia. Si puso cámaras, es porque ya planeaba destruirnos.”
Desde la cama, Mariana abrió los ojos.
La luz le dolió. Respirar le dolió. Pero ver el miedo escondido en la mandíbula de Diego le dio una fuerza helada, nueva.
“Carpeta azul”, murmuró.
Lourdes se lanzó hacia la cama.
“Ella no sabe lo que dice.”
Uno de los agentes se interpuso. Era un hombre de rostro serio, camisa blanca y mirada de quien ya había escuchado demasiadas mentiras familiares en cuartos de hospital.
“Soy el comandante Iván Morales, Policía de Investigación”, dijo. “Señora Mariana, ¿autoriza el acceso a los archivos indicados en su declaración médica?”
Mariana apenas pudo mover la cabeza.
Camila entregó un sobre sellado. Adentro había una declaración notariada, firmada 2 meses antes, donde Mariana relataba amenazas, golpes disfrazados de accidentes, control económico y manipulación médica. También autorizaba a su fiduciario a liberar una carpeta digital en caso de hospitalización sospechosa.
Diego la miró con odio puro.
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