—Sí, pero…
—¿Usó esos bienes como garantía?
—Fue una estrategia temporal.
—¿Informó a su esposa de manera clara?
Mauricio miró a Elena con odio.
Ahí estaba la verdad desnuda.
No le dolía haberla engañado.
Le dolía que ella hubiera dejado de salvarlo.
Adriana colocó copias certificadas sobre la mesa.
—También existe constancia de que el señor Santillán intentó mover recursos de las cuentas familiares hacia una sociedad relacionada con su socio Arturo Beltrán, 3 semanas antes de solicitar el divorcio. Mi clienta no bloqueó la investigación. Tampoco ocultó bienes. Solo aceptó la propuesta que él presentó.
La jueza revisó los documentos.
Mauricio se inclinó hacia adelante.
—Ella sabía que esos bienes tenían problemas.
—Usted también —respondió la jueza—. De hecho, por lo que veo, usted los creó.
La sala quedó en silencio.
Mauricio tragó saliva.
Por primera vez desde que Elena lo conocía, parecía no tener una frase lista.
Entonces Becerra cometió el error de intentar salvarlo con soberbia.
—Mi cliente actuó bajo la creencia de que la señora Vargas no comprendería el alcance financiero del convenio.
La jueza lo miró como si acabara de entregarle una confesión envuelta en celofán.
—¿Está diciendo que su cliente firmó confiado en que su esposa no entendería lo que él mismo estaba pidiendo?
Becerra cerró la boca.
Elena sintió una punzada extraña. No era alegría. Era cansancio. Un cansancio viejo, de 12 años, saliendo por fin del cuerpo.
La jueza continuó.
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