Adriana se colocó entre los dos.
—Licenciado Becerra puede comunicarse conmigo.
Mauricio soltó una risa amarga.
—Claro. Ahora resulta que ella planeó todo. Elena, por favor. Tú ni siquiera entendías mis juntas.
Elena se detuvo.
Lo miró.
Durante años, ese tipo de frases la habían hecho sentirse pequeña. Mauricio las decía en cenas, en el coche, frente a amigos: “Elena no entiende de finanzas”, “Elena es más de casa”, “Elena se estresa con temas grandes”.
No era torpeza de ella.
Era jaula de él.
—No entendía tus juntas —dijo Elena— porque nunca me dejabas entrar. Pero sí entendí tus papeles.
Mauricio palideció.
Becerra apareció a su lado y le susurró algo. Mauricio apretó los puños.
Entraron a la sala.
La jueza revisó el expediente con la paciencia severa de quien ha visto demasiadas guerras familiares disfrazadas de trámites.
—Estamos aquí para ratificar el convenio de divorcio presentado por ambas partes —dijo—. Señor Santillán, usted solicita adjudicación de la casa ubicada en Lomas de Chapultepec, el departamento en Santa Fe, dos vehículos y las cuentas de inversión conjuntas. Asimismo, manifiesta no oponerse a que la señora Elena Vargas conserve la guarda y custodia del menor Diego Santillán Vargas.
Mauricio se movió en la silla.
—Su señoría, hay información nueva.
La jueza levantó la vista.
—¿Información nueva o información que usted no revisó antes de firmar?
Becerra intentó intervenir.
—Su señoría, mi cliente considera que hubo una falta de claridad respecto a cargas financieras asociadas a los bienes.
Adriana abrió su carpeta.
—Las cargas están documentadas en los anexos notariales, escrituras, contratos de crédito y garantías firmadas por el señor Santillán. Todos los documentos fueron solicitados por esta representación y puestos a disposición antes de la ratificación. Además, fue el señor Santillán quien insistió en adjudicarse dichos bienes de manera expresa.
La jueza miró a Mauricio.
—¿Usted firmó esos créditos?
Mauricio no respondió.
—¿Señor Santillán?
Leave a Comment