“Si nos casamos, tus hijas tendrán domicilio estable, seguro médico, protección legal y menos margen para que Rebeca las separe de ti.”
“Usted no me conoce.”
“Conozco lo suficiente.”
“Mi vida va a destruir la suya.”
Alejandro bajó la mirada hacia las niñas dormidas en el sofá.
“Mi vida no vale más que su seguridad.”
La boda civil se hizo al día siguiente, en la biblioteca de su casa. Sin flores. Sin música. Sin beso. Solo un juez, dos abogados y Doña Mercedes como testigo.
Ana Lucía firmó con la mano temblorosa.
Apenas terminaron, sonó el teléfono de Alejandro.
Era el hospital.
El perito que debía demostrar que las firmas eran falsas había sufrido un accidente en la carretera.
Estaba vivo.
Pero su informe había desaparecido.
Minutos después, un investigador encontró en su celular un mensaje de voz grabado antes del choque.
Cuando Alejandro lo reprodujo, Ana Lucía entendió que alguien no solo quería quitarle a sus hijas.
Alguien estaba dispuesto a matar para enterrarla con una mentira.
PARTE 3
El mensaje del perito duraba menos de un minuto.
Pero fue suficiente para cambiarlo todo.
La voz sonaba débil, entrecortada, como si el hombre hubiera sabido que no llegaría a tiempo.
“Licenciado Santillán… si me pasa algo, busque a Ernesto Luján. Las firmas no son de Ana Lucía Mendoza. Fueron calcadas de documentos viejos. Alguien abrió la cuenta con ayuda interna del banco. Las transferencias fueron diseñadas para incriminarla. Rebeca Garza lo sabía desde el principio.”
Se escuchó un golpe seco.
Luego, silencio.
Ana Lucía sintió que el piso se abría bajo sus pies.
Alejandro entregó el audio a la Fiscalía junto con los videos de la mansión, los reportes médicos, las declaraciones de las niñas y las hojas en blanco que Ana Lucía había firmado bajo amenaza.
No bastó para arrestar a Rebeca de inmediato.
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