Sebastián cayó de rodillas frente a él.
—Mateo…
El niño empezó a llorar.
—Papá no se va con mamá, ¿verdad?
La verdad atravesó a Sebastián como un disparo.
Mateo no solo creyó que Renata lo había abandonado.
También había visto a su padre caminar durante meses como un hombre que quería seguirla.
—No, hijo. Te lo prometo. Extraño a tu mamá, pero jamás te voy a dejar. Jamás.
—¿Mariana se queda?
La pregunta dejó a Mariana sin aire.
Sebastián la miró.
No había orden en sus ojos.
Solo esperanza.
Mariana subió los escalones y abrazó a los dos.
—Hoy me quedo —susurró.
Pero al amanecer, todo se filtró.
El hijo mudo de Sebastián Alvarado había hablado.
Los reporteros llenaron la calle. Las páginas de chismes desenterraron la promesa. La gente discutía si Mariana debía recibir media fortuna y convertirse en esposa del hombre más peligroso de Polanco.
Unos la llamaban milagro.
Otros, oportunista.
Esa tarde, doña Eugenia llegó con un cheque.
Lo puso frente a Mariana en la biblioteca.
—Cincuenta millones de pesos. Suficiente para empezar de nuevo lejos de aquí.
—Quiere que me vaya.
—Quiero proteger a mi nieto.
—¿De mí?
—De la confusión. Un niño vulnerable se apega a quien estuvo en una crisis.
—Mateo no se apega fácil.
La voz de Eugenia se quebró apenas.
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