Fue la primera vez que Vinicio entendió que Mariana no solo había devuelto algo al niño. También estaba abriendo una grieta en el monstruo que todos obedecían.
Mariana regresó al anochecer con el labio partido y las costillas adoloridas.
Sebastián la esperaba en el estudio.
Ella se preparó para el enojo.
Pero él extendió la cajita.
Adentro estaba la pulsera rosa y morada de Sofía.
Mariana dejó de respirar.
—¿Cómo la recuperaste?
—Ellos la devolvieron.
—No me mientas.
Sebastián bajó la mirada.
—Fueron arrestados. Había pruebas suficientes.
—¿No los mandaste desaparecer?
Él sostuvo sus ojos.
—Quise hacerlo.
—Pero no lo hiciste.
—Mateo me preguntó esta mañana si los hombres malos pueden volverse buenos.
Mariana tragó saliva.
—¿Y qué le dijiste?
—Que ser bueno no es una decisión. Es la misma decisión tomada todos los días.
Mariana cerró la cajita entre sus manos.
Por primera vez en años, alguien había defendido algo suyo sin intentar adueñarse de ella.
Esa noche, Mateo notó sus golpes durante la cena.
¿Quién lastimó a Mariana?
—Alguien que tomó una mala decisión —respondió ella.
¿Papá lo detuvo?
Sebastián dudó.
Luego señó:
Papá pidió a la ley detenerlo.
Mateo pensó un momento.
—Bien —dijo apenas.
Fue una palabra pequeña, ronca, casi escondida.
Pero fue una palabra.
La cuchara de doña Carmen cayó al piso.
Sebastián se quedó sin color.
Mariana no se movió.
Mateo miró a todos, asustado por el silencio que había provocado. Después apretó al Capitán contra el pecho y susurró:
—Bien.
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