El abogado entró con un portafolio negro y una expresión tan seria que hasta Ricardo dejó de mirar su celular.
“Soy el licenciado Arturo Salcedo”, dijo. “Lamento mucho su pérdida, señora Herrera.”
Lucía se incorporó con dificultad.
“¿Usted conocía a Alejandro?”
“Fui su abogado en México durante los últimos cuatro años.”
Doña Teresa frunció el ceño.
“Alejandro nunca mencionó abogados.”
El licenciado Salcedo la miró apenas.
“Tal vez porque ciertos asuntos no le correspondían a usted, señora.”
Ricardo se tensó.
El abogado abrió el portafolio y sacó una carpeta con el nombre completo de Alejandro Morales Rivas. Adentro había documentos, copias certificadas, pólizas y una carta sellada.
“Su esposo dejó instrucciones precisas en caso de fallecimiento repentino”, explicó. “La empresa donde trabajaba me notificó ayer. Intenté localizarla, pero usted estaba hospitalizada.”
Lucía sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas.
“¿Qué instrucciones?”
El abogado sacó un sobre blanco.
“Primero, esta carta es para usted.”
Lucía reconoció la letra de Alejandro de inmediato. La misma letra inclinada con la que le dejaba notas en el refrigerador: compré pan dulce, no olvides comer, te amo aunque estés enojada.
Sus dedos temblaron al abrirla.
Mi Lucía:
Si estás leyendo esto, significa que la vida nos hizo una de sus trampas más crueles. No sé cuánto dolor estés cargando, pero necesito que recuerdes algo: no le debes obediencia a quien nunca te dio amor.
Lucía se tapó la boca.
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