Elena sacó otro documento.
—Una agresión física frente a una menor sigue siendo una agresión. Y hay reporte médico.
Roberto dejó de mirarla.
Entonces Mauricio habló.
—Ya aceptaron lo que hicieron. Podemos resolverlo en privado.
Me volví hacia él.
—¿Resolver qué, Mauricio? ¿Las pesadillas de Sofía? ¿El miedo que siente cuando escucha una rasuradora? ¿El golpe que tu papá me dio? ¿O tu mensaje pidiéndome que me disculpara?
Él tragó saliva.
—Yo no sabía todo.
Elena puso otra carpeta sobre la mesa.
—Pero sí sabía otras cosas.
Sacó estados de cuenta resaltados.
Durante años, Mauricio me había dicho que gran parte de su sueldo se iba a la hipoteca, a gastos familiares y a inversiones para nuestro futuro.
Era mentira.
Mes tras mes, había transferencias a nombre de Karla.
Cincuenta mil pesos.
Ochenta mil.
Ciento veinte mil.
Pagos de tarjetas.
Préstamos.
Viajes.
Compras en tiendas de lujo.
Todo salía de cuentas donde también estaba mi dinero.
Miré a Mauricio.
—Sabías que tu hermana tenía deudas.
Él no respondió.
—Sabías que había robado antes.
Cerró los ojos.
—Sí.
Graciela se giró hacia él, pálida.
—¿Le estabas dando dinero a tu hermana?
Karla lloró más fuerte.
—Él me dijo que nadie se enteraría.
Roberto golpeó la mesa.
—¡Nos mentiste a todos!
Los vi atacarse entre ellos y no sentí satisfacción. Sentí claridad.
Esa familia nunca protegía al inocente.
Protegía al que más convenía esconder.
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