PARTE 2
Los paramédicos bajaron a Sofía en camilla mientras Rodrigo gritaba que nadie podía tocar su casa sin orden judicial. Doña Carmen intentó acercarse a la ambulancia, pero Alejandra se le atravesó.
—Usted no se sube.
—Soy su suegra.
—Es la mujer que le quitó el teléfono mientras pedía ayuda.
La cara de doña Carmen se endureció.
—Ten cuidado, muchachita. Mi hijo conoce jueces, ministerios públicos y comandantes. Una placa no te hace intocable.
Alejandra no respondió. Solo miró el celular de Sofía en la mano de aquella mujer, como si fuera un trofeo.
Cuando llegó la patrulla, Alejandra informó que la víctima era su hermana y se apartó de las decisiones oficiales. Sabía que Rodrigo usaría cualquier error para ensuciar el caso. El encargado fue el comandante Herrera, un hombre serio, de pocas palabras, que conocía demasiado bien a los hombres que llamaban “malentendido” a una mujer en el piso.
Rodrigo recuperó la sonrisa.
—¿Ves? No puede hacer nada. Es personal.
Herrera lo miró sin parpadear.
—Personal fue lo que usted hizo. Oficial es lo que viene.
En el hospital, los médicos estabilizaron a Sofía. El bebé tenía sufrimiento fetal leve, pero seguía vivo. Alejandra esperó junto a la cama con las manos temblando por primera vez en años.
Cuando Sofía despertó, no preguntó por Rodrigo.
Preguntó por su hija.
—Está bien —dijo Alejandra—. Las 2 están bien.
Sofía lloró sin hacer ruido.
—Me querían obligar a firmar.
—¿Qué cosa?
—Documentos. Rodrigo dijo que yo estaba inestable, que después del parto no iba a poder manejar nada. Su mamá trajo a un notario ayer. Querían que cediera el control del fideicomiso antes de que naciera la niña.
Alejandra sintió frío.
Sus padres habían muerto 6 años antes en un accidente en carretera. A las gemelas les habían dejado un fondo familiar: propiedades, acciones, una casa en Querétaro. La parte de Sofía pasaría a su hija si ella moría.
—Rodrigo lo supo, ¿verdad?
Sofía asintió.
—Hace 2 semanas. Desde entonces cambió. Ya no solo gritaba. Empezó a decir que una embarazada deprimida podía cometer cualquier locura.
—¿Guardaste algo?
Sofía tragó saliva.
—Carpeta en la nube. La contraseña es el nombre del árbol donde nos escondíamos de niñas.
Alejandra casi se quebró.
La carpeta contenía fotos, audios, capturas, certificados médicos y transferencias bancarias. Rodrigo debía millones por un proyecto inmobiliario atorado en Tulum. Había vendido departamentos que ni siquiera estaban terminados. Necesitaba dinero rápido.
Pero un audio cambió todo.
La voz de doña Carmen sonaba fría, perfecta, sin una gota de duda:
—No tienes que matarla. Solo asústala hasta que firme. Si se adelanta el parto, todos van a culpar al estrés.
Luego Rodrigo respondió:
—¿Y si llama a Alejandra?
—A esa policía le recordamos quién paga campañas, cenas y favores en esta ciudad.
Alejandra cerró los ojos. No de miedo. De rabia.
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