—Entonces no soy hija biológica de mi mamá.
Nadie contestó.
Ese silencio fue la respuesta más brutal.
Mariana miró a Renata. Tenían una edad parecida, pero no se parecían. Renata tenía los ojos de Patricia, la misma mandíbula firme, la misma forma de inclinar la cabeza cuando estaba nerviosa.
Mariana, en cambio, siempre había escuchado frases como “saliste al lado de tu papá”, aunque su padre se había ido cuando ella era pequeña y nadie hablaba de él.
De pronto, todas las sombras de su infancia tomaron forma.
Las discusiones apagadas.
Los silencios de su madre cada cumpleaños.
La caja que nunca la dejaba tocar.
Las lágrimas escondidas cuando veía bebés en la televisión.
—Tal vez hubo un intercambio en el hospital —dijo Diego—. O tal vez mamá te adoptó y nunca pudo decírtelo. No lo sabemos.
—Pero ella sí lo sabía —respondió Mariana.
Su voz se quebró.
—Ella sabía que yo no era su hija de sangre. Y aun así murió sin decírmelo.
Renata dio un paso hacia ella.
—Yo tampoco sabía nada. Mis padres adoptivos me amaron muchísimo, pero siempre hubo huecos en mi historia. Cuando Diego me llamó, pensé que era una estafa. Luego vi las cartas.
Mariana levantó la mirada.
—¿Qué quieres de mí?
Renata tragó saliva.
—Nada que no quieras darme. Solo quería saber de dónde vengo.
Mariana sintió culpa por odiarla.
Y eso la hizo enojarse todavía más.
Salió del café sin decir otra palabra.
Caminó durante horas por la playa. El sol subió, quemó, bajó. Los turistas cambiaron de lugar. Los vendedores pasaron ofreciendo sombreros, pulseras, mangos con chile.
Mariana no compró nada.
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