—No entiendo —susurró Mariana.
Pero sí entendía algo.
Entendía que todos en esa mesa sabían más que ella.
Esteban bajó la mirada. Diego se pasó ambas manos por la cara. Renata permaneció quieta, como si temiera que cualquier palabra pudiera romperla todavía más.
Mariana tomó el acta de nacimiento.
El nombre de su madre estaba ahí: Patricia Robles Gaitán.
La fecha era de hace treinta y dos años.
El hospital: una clínica privada en Guadalajara que había cerrado después de varios escándalos.
El nombre de la bebé no era Mariana.
Era Renata.
—¿Qué es esto? —preguntó Mariana, con la voz casi sin aire.
Diego habló primero.
—Hace un mes fui a vaciar la bodega de mamá. La renta estaba vencida y iban a tirar todo. Encontré una maleta vieja, cerrada con candado. Adentro estaba esa carpeta.
—¿Y decidiste ocultármela?
—Quise confirmar que no fuera un error.
Mariana apretó los papeles hasta doblarlos.
—¿Un error? ¿Mi vida entera podía ser un error y tú decidiste investigarla como si fuera un trámite?
Diego no respondió.
Renata, con los ojos húmedos, señaló una carta.
—Tu mamá me buscó durante años. O eso parece. Tenía recortes, direcciones, nombres de trabajadoras sociales, incluso una solicitud antigua al DIF. Pero nunca me contactó.
La palabra “mamá” en boca de Renata le dolió a Mariana de una forma absurda, infantil, profunda.
Su madre.
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