Le pagaron con 200 gallinas viejas para humillarlo,tan pero una puso el huevo que hizo temblar al patrón más poderoso del rancho

Le pagaron con 200 gallinas viejas para humillarlo,tan pero una puso el huevo que hizo temblar al patrón más poderoso del rancho

—Mira, Julián. Esas aves salieron de mi empresa. Lo que produzcan todavía tiene relación con mi línea genética, mi alimento, mis métodos.

—Tus métodos las tenían encerradas y medio muertas.

La mujer abrió la carpeta.

—Legalmente, podemos argumentar propiedad intelectual sobre el desarrollo biológico del lote.

Julián parpadeó.

No entendía todas esas palabras, pero sí entendía la intención.

Querían quitarle todo.

—¿Propiedad intelectual de gallinas que tiraron como basura?

Don Ezequiel se acercó.

—Te compro el lote completo. Las 200. El terreno si quieres. Te doy más dinero del que vas a ver en tu vida.

—No.

La palabra salió seca.

Martín levantó la vista, sorprendido.

Don Ezequiel dejó de sonreír.

—No seas terco, hombre. Tú no sabes manejar algo grande. Eres bueno cuidando animales, sí, pero esto necesita contactos, permisos, marca, distribución.

Julián señaló el cuaderno.

—Y por eso lo robaste.

Martín dio un paso atrás.

—Yo no robé nada, güey. Nomás vine a ver.

—Tú siempre vienes a ver lo que otros trabajan.

La mujer intentó mantener el control.

—Señor Medina, si no acepta, tendremos que reportar irregularidades sanitarias. Esta instalación no cumple con normas comerciales.

Julián miró alrededor.

La bodega estaba limpia, pero era humilde.

Cubetas, malla, paja, madera reciclada.

Sabía que podían cerrarlo.

Sabía que tenían amigos en el municipio.

Sabía que para gente como Don Ezequiel la ley era una puerta que se abría con dinero.

Entonces Petra cacareó.

Una vez.

Luego otra gallina respondió.

Después otra.

Julián volteó hacia el rincón de la bodega.

Había más huevos.

No 1.

No 3.

Había 11 huevos dorados sobre la paja.

Todos iguales.

Todos puestos esa misma mañana.

Don Ezequiel se quedó helado.

La mujer se quitó los lentes.

Martín susurró:

—No manches…

Julián entró despacio y se agachó junto al nido.

Petra estaba ahí, pero no sola.

A su alrededor había 7 gallinas más, las más débiles del lote, las que Martín había marcado para sacrificio meses atrás.

Todas se movían de la misma forma.

Comían al mismo ritmo.

Elegían la misma paja.

Bebían agua solo después de escarbar la tierra del rincón.

Julián tocó el suelo.

Next »
Next »

Post navigation

Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

back to top