PARTE 2
Julián sintió que la sangre se le subía a la cara, pero no gritó.
No todavía.
Don Ezequiel caminó sobre la tierra como si todavía estuviera en su rancho. Botas limpias, camisa planchada, reloj caro y esa sonrisa de hombre acostumbrado a que todos le bajaran la mirada.
Martín venía detrás, apretando el cuaderno azul contra el pecho.
Con ellos estaba una mujer de traje claro, lentes oscuros y una carpeta negra.
No saludó.
No miró las gallinas.
Solo miró la bodega, como quien calcula cuánto vale robarse un milagro.
—Julián —dijo Don Ezequiel—, veo que te está yendo mejor de lo que esperábamos.
Julián miró el cuaderno.
—Eso es mío.
Martín tragó saliva.
—Estaba tirado.
—Estaba sobre mi mesa.
La mujer intervino con voz fría.
—Señor Medina, no venimos a pelear. Venimos a ofrecerle una oportunidad.
Julián soltó una risa baja.
—¿Oportunidad? Hace 2 semanas me echaron con 200 gallinas moribundas.
Don Ezequiel levantó una mano, fingiendo paciencia.
—No exageres. Fue un arreglo justo. Tú aceptaste.
—Acepté porque ustedes querían humillarme delante de todos.
El patrón endureció la mandíbula.
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