Esa noche le conté todo a mi madre.
Ella escuchó atentamente.
—¿Y si todo es una broma? —pregunté.
—Entonces descubrirás quiénes son ellos —respondió—. Pero también recordarás quién eres tú.
Después fue a su habitación y regresó con un vestido que había usado años atrás.
Durante dos noches enteras lo arregló a mano bajo la luz de la cocina.
Cada puntada parecía una forma de decirme que yo valía más de lo que creía.
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