El primer episodio que lo marcó ocurrió en un traslado rutinario. Dos cuerpos: uno a su lado izquierdo, otro a su lado derecho. Él, en el medio, dentro de un ascensor. Todo normal… hasta que no.
Dice que, de pronto, vio dos formas oscuras, como sombras sin contorno definido, pero con algo imposible de ignorar: unos ojos que describió como “llamas rojas”. No eran figuras humanas, no eran personas. Eran presencia.
Según el relato, esas sombras se acercaron, lo miraron, lo atravesaron como si él fuera aire… y se dirigieron a uno de los cuerpos. Afirma que vio cómo “arrancaban” algo, como si tomaran el alma, y se la llevaran.
Lo más perturbador, para él, fue que no pudo moverse ni hablar. No fue una sensación de miedo común: fue parálisis total. Después, tiempo más tarde, escuchó un dato sobre esa persona fallecida que, en su interpretación, “explicaba” lo ocurrido: que había estado involucrada en prácticas de brujería.
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