Tras la derrota jacobita en la batalla de Culloden en 1746, el gobierno británico aprobó el Acta de Proscripción, que prohibió el uso del kilt y de los tartanes en un intento de desmantelar la cultura de las Tierras Altas y debilitar la identidad escocesa. La medida estuvo vigente durante casi cuatro décadas y dejó una herida profunda en la memoria colectiva del pueblo escocés.
Cuando la prohibición fue derogada en 1782, el kilt resurgió con fuerza, transformándose en un símbolo aún más poderoso de orgullo nacional. Durante el siglo XIX, gracias en parte a la influencia de figuras como el escritor Walter Scott y al apoyo del rey Jorge IV, el kilt fue elevado a la categoría de prenda nacional y se popularizó en toda Escocia, incluso entre quienes no provenían de las Tierras Altas.
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