En su casa al borde del pueblo, Elena estaba preparada.
Desde la mañana había bajado varias cajas al refugio.
Encendió la pequeña estufa de hierro. El interior del refugio se llenó de un calor seco y agradable.
Las paredes de madera crujían suavemente, pero se sentían firmes.
El cuaderno de Mateo estaba abierto sobre la mesa.
Cada detalle que él había dibujado estaba allí ahora: los estantes, la ventilación, el depósito de agua.
Elena pasó la mano por una de las vigas.
—Tenías razón —susurró.
Afuera el viento rugía como un animal enorme.
Pero bajo tierra, el refugio apenas se movía.
Esa noche, en el centro del pueblo, la situación empeoró.
Una ráfaga especialmente fuerte arrancó el techo del viejo granero municipal.
Las chapas volaron por el aire como hojas de metal.
Leave a Comment