—Algún día deberíamos construir un refugio bajo tierra. Solo por si acaso.
Nunca tuvieron tiempo.
Después de su muerte, Elena encontró en el taller de Mateo un cuaderno lleno de dibujos y planes. Había esquemas de un refugio subterráneo: ventilación, estanterías, depósitos de agua, incluso una pequeña estufa.
Durante mucho tiempo Elena guardó ese cuaderno sin tocarlo. Hasta que, un día de verano, una tormenta inesperada azotó la montaña con una fuerza brutal. Árboles caídos, caminos bloqueados, electricidad cortada durante dos días.
Aquella noche Elena abrió el cuaderno.
Y decidió terminar lo que Mateo había empezado.
Por eso trabajaba todos los días. Cavó casi dos metros bajo tierra. Reforzó las paredes con madera gruesa. Instaló un pequeño tubo de ventilación que sobresalía entre unos arbustos para que nadie lo notara. Dentro colocó estanterías con conservas, agua, mantas, velas y una vieja estufa de hierro.
No era un búnker militar. Era simplemente un refugio.
Pero el pueblo seguía riéndose.
—Cuando venga el apocalipsis iremos a tocarle la puerta —decían entre bromas.
Elena nunca respondió. Solo seguía trabajando.
Cuando terminó, a finales de noviembre, cubrió la entrada con una pequeña caseta de madera para disimularla. Desde fuera parecía un simple cobertizo para herramientas.
Entonces llegó el invierno.
Al principio fue normal. Frío, nieve ligera, días cortos. Nada fuera de lo común.
Hasta que en enero apareció la tormenta.
Los meteorólogos en la radio comenzaron a hablar de un frente polar inusual. Pero en el pueblo nadie se preocupó demasiado.
Hasta la noche en que el viento empezó
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PARTE 2
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