Nadie creía en la choza de la viuda, escondida en lo profundo de la cueva… hasta que una tormenta que duró cinco días dejó a toda la ciudad sumida en el hielo.”
Desde que su esposo Mateo murió en un accidente en el bosque tres años atrás, Elena había quedado sola en una casa antigua al borde del pueblo. Era una casa de madera oscura, con un techo inclinado y un jardín que antes estaba lleno de flores, pero que ahora se veía más salvaje que cuidado.
En Valdemora todos se conocían. Y cuando alguien hacía algo fuera de lo común, el pueblo entero se enteraba en cuestión de horas.

Por eso, cuando Elena comenzó a cavar en el terreno detrás de su casa a principios de otoño, no tardaron en empezar los comentarios.
—La viuda se volvió loca —dijo Don Ramiro, el dueño de la tienda del pueblo.
—Dice mi hijo que está construyendo un búnker —añadió Carmen, la panadera, riéndose.
—¿Un refugio? ¿Para qué? Aquí nunca pasa nada —respondía la gente entre risas.
Pero Elena no prestaba atención. Cada mañana, antes de que el sol saliera por completo, salía con una pala, tablas de madera y herramientas viejas que habían sido de Mateo. Trabajaba durante horas. A veces un vecino curioso se acercaba a mirar desde la cerca.
Lo que veían era extraño.
Había cavado una entrada inclinada hacia la tierra, reforzada con vigas gruesas. Después empezó a cubrir el techo con tierra y piedras. Poco a poco, aquello comenzó a parecerse a una pequeña puerta enterrada en el suelo, casi invisible desde lejos.
—Te digo que perdió la cabeza —murmuraban en el bar del pueblo.
Pero nadie se atrevía a preguntarle directamente.
La verdad era que Elena no estaba loca. Mateo, su esposo, había sido guardabosques durante veinte años. Conocía las montañas mejor que nadie. Antes de morir, había pasado meses preocupado por algo.
—Los inviernos están cambiando —le había dicho una noche mientras miraban la nieve caer por la ventana—. Las tormentas vienen más fuertes cada año. Si llega una grande de verdad, este pueblo no está preparado.
Elena había pensado que exageraba. Pero Mateo insistía.
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