Hice un trato con el infierno para mantenerlo vivo, escondida en los cerros donde Fabiola no pudiera encontrarlo. Nayeli dio un paso atrás, forzando a Héctor a soltarla. Lo miró desde arriba, implacable. Por eso te pido que te largues, Héctor. No te necesitamos. Nunca te hemos necesitado. Tu presencia aquí es una sentencia de muerte para mi hijo. Si Fabiola se entera de que nos encontraste, ella va a cumplir su promesa y yo no voy a dejar que entierres a mi hijo en tus camposantos de mármol.
Nayeli se dio la media vuelta, tomó su bicicleta vieja del manubrio y comenzó a caminar rápidamente hacia la avenida, dejándolo atrás. Nayeli, espera. Héctor se levantó del suelo trastabillando. Sus ojos ya no tenían lágrimas. Ahora tenían el brillo frío y letal de un hombre dispuesto a quemar el mundo entero. No me voy a ir. Ese es mi hijo y te juro por la vida de Dante que voy a destruir a Fabiola. Voy a arrancar la familia Mendoza de Raíz.
Nayeli se detuvo en la esquina del callejón. No se giró, solo giró un poco la cabeza para lanzar sus últimas palabras. Dante no tiene mucho tiempo, Héctor. La medicina caducada ya no le hace efecto. Sus pulmones están fallando. Guárdate tu venganza de millonario. Yo solo quiero que mi hijo respire. Y sin más, Nayeli se perdió entre el mar de peatones y el tráfico de la ciudad, dejando a Héctor solo en la sombra del callejón. El magnate se quedó paralizado por unos segundos.
La desesperación se transformó en una claridad fría y absoluta. Sacó su teléfono satelital del bolsillo interior de su saco arruinado. La pantalla estaba manchada de lágrimas y polvo. Marcó de nuevo el número de Vargas, su jefe de inteligencia y seguridad. Vargas, dijo Héctor con una voz que no dejaba lugar a la negociación. Prepara el helicóptero. Quiero un equipo táctico de seguridad médica en posición y comunícate con la junta directiva de farmacéuticas Mendoza Villalobos. Diles que el presidente acaba de convocar una reunión de emergencia esta noche en la mansión.
¿Cuál es la agenda, señor?, preguntó Vargas, captando la tensión letal en la voz de su jefe. Héctor miró el extremo del callejón por donde Nayeli había desaparecido. Guerra total. Las puertas de hierro forjado de la mansión Villalobo se abrieron en silencio. La camioneta blindada entró a toda velocidad, triturando la grava blanca del camino principal y frenando a centímetros de la fuente de mármol italiano. Héctor bajó del vehículo antes de que el motor se apagara por completo. Ignoró a los guardias de seguridad armados que lo miraban con desconcierto.
Su traje, una obra maestra de la sastrería europea, seguía manchado con el barro de la favela y el polvo del callejón. Sus zapatos de cuero dejaban huellas sucias sobre el impecable suelo de granito del vestíbulo. Caminó directamente hacia la sala principal. Fabiola Mendoza estaba sentada en el sofá de terciopelo blanco. Llevaba un vestido de seda esmeralda, sosteniendo una copa de champán cristalino mientras revisaba un catálogo de subastas de arte en su tableta. La luz de los candelabros de cristal iluminaba su rostro perfectamente esculpido, frío e inalterable.
Al escuchar los pasos pesados, levantó la vista. Su expresión de desdén fue instantánea. “Héctor, por el amor de Dios, estás arruinando la alfombra persa”, dijo Fabiola con una voz arrastrada y monótona, sin siquiera soltar su copa. “¿Dónde te metiste? Apestas a calle. Dile a las sirvientas que limpien eso de inmediato. Tenemos la cena con el embajador en dos horas.” Héctor no se detuvo. Caminó hasta la mesa de centro de cristal templado y arrojó la gruesa carpeta negra que le había dado su investigador.
El golpe hizo saltar la copa de Fabiola derramando el champán sobre la mesa. “La cena se cancela”, dijo Héctor. Su voz era un susurro gutural, carente de cualquier emoción humana. Era la voz de un verdugo. Fabiola miró la carpeta, luego a Héctor. Suspiró molesta y dejó la tableta a un lado. ¿Qué es este drama, Héctor? Si es sobre la fusión con los alemanes, ya hablé con mi padre y acordamos que la presidencia será compartida. No vas a hacer un berrinche a estas horas.
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