¡Lárgate!” Héctor lo soltó con un empujón violento. El gerente tropezó, cayó de rodillas, se levantó a trompicones y huyó corriendo hacia la salida de emergencia, pálido como un cadáver. El silencio en la cocina era absoluto. Nadie respiraba. Héctor se giró lentamente con el pecho agitado, esperando encontrar la mirada de alivio de la mujer que acababa de rescatar. Pero Nayeli no lo miraba con gratitud. La bandeja de platos sucios había caído al suelo, rompiendo la porcelana en mil pedazos.
Nayeli lo observaba con los ojos muy abiertos, pero no había sorpresa en ellos, solo un terror puro, primitivo y vceral. Retrocedió un paso, pisando los cristales rotos sin importarle. Su respiración era rápida, errática. Nayeli”, susurró Héctor dando un paso hacia ella, extendiendo una mano temblorosa. Todo el poder y la furia que había mostrado hace un segundo desaparecieron por completo. “Nayeli, por favor.” No fue lo único que salió de los labios de ella. Una negación cargada de pánico.
Se dio la media vuelta y corrió. Empujó las pesadas puertas dobles de la salida de servicio y salió disparada hacia el callejón trasero. “Nayeli, espera!”, gritó Héctor corriendo detrás de ella. El sol implacable de la tarde golpeaba el asfalto del callejón, inundando el aire con el olor a basura y humedad. Héctor salió a la luz cegadora y la vio a pocos metros, intentando abrir desesperadamente el candado oxidado de su bicicleta vieja. Héctor la alcanzó en tres zancadas.
Le tomó el brazo con suavidad, aterrado de romperla. “Suéltame!”, gritó Nayeli con una fuerza desgarradora. se giró con la furia de una leona acorralada y lo empujó por el pecho con ambas manos, usando toda la fuerza que le quedaba. Héctor tropezó hacia atrás, impactado por la violencia de su reacción. “No me toques, no te atrevas a tocarme, sea”, le gritaba con lágrimas de rabia y desesperación bajando por sus mejillas manchadas de sudor. “¿A qué viniste?” “¿A humillarme?
A ver cómo me arrastro. Ya lo viste, ya viste en qué me convertí. Ahora lárgate, Nayeli, escúchame. Por Dios, lo sé todo. Fui a tu casa anoche, te seguí. Vi al niño. Las palabras fueron como un balazo a quemarropa. Nayeli se congeló por completo. El color abandonó su rostro. Sus manos enguantadas en plástico amarillo cayeron a sus costados, temblando incontrolablemente. Abrió la boca para hablar, pero el aire parecía no llegar a sus pulmones. Lo vi, Nayeli. Continuó Héctor con la voz rota, dando un paso cauteloso hacia ella, con lágrimas de pura agonía formándose en sus ojos.
Vi lo que haces con las jeringas. Vi la medicina que extra. Vi como mi propia empresa te está cobrando la vida de ese niño. Sé lo de la inhabilitación médica. Sé lo del Hospital San José. Sé que fue Fabiola. Nayeli cerró los ojos y soltó un soyozo ahogado que le desgarró la garganta a Héctor. Ella se cubrió el rostro con las manos sucias, colapsando contra la pared de ladrillos del callejón. Ya no era la leona furiosa, era una mujer destrozada, agotada hasta los huesos por una guerra que llevaba 5 años peleando sola en la oscuridad.
Héctor se acercó acortando la distancia y se detuvo a centímetros de ella. Quería abrazarla, quería esconderla del mundo, pero sabía que no tenía el derecho, no después de lo que le había hecho. Perdóname, susurró Héctor. Y por primera vez en toda su vida adulta, el hombre que controlaba un imperio rompió a llorar frente a otra persona. Oh, perdóname. No lo sabía. Te lo juro por mi vida, Nayeli. Yo no sabía que ella te había destruido. No sabía que te habían quitado la licencia.
Nayeli levantó el rostro lentamente. Sus ojos rojos e hinchados lo miraron con un rencor frío y profundo que el heló la sangre de Héctor. ¿Y de qué sirve tu perdón, Héctor? Escupió ella con la voz cargada de veneno. Tu perdón no compra la medicina de mi hijo. Tu perdón no le quita la fiebre. Tu perdón no borra las noches que tuve que dormir en la calle muerta de miedo porque los matones de tu esposa me estaban cazando.
Héctor sintió que el mundo perdía el equilibrio. ¿Qué matones?, preguntó sintiendo un vacío en el estómago. Nayeli, dime la verdad. Ese niño, el niño que vi en esa casa de lámina, Dante. El silencio en el callejón se volvió insoportable, roto solo por el ruido lejano del tráfico y la respiración entrecortada de ambos. Nayeli lo miró a los ojos con el pecho subiendo y bajando violentamente. “Sí, Héctor”, dijo ella con una claridad que cortaba como un visturí. “Es tuyo.
” Las palabras flotaron en el aire ardiente del callejón, pesadas y definitivas. Es tuyo. Héctor retrocedió un paso tan valeante. La confirmación, dicha de los propios labios de la mujer que amaba, fue un golpe devastador. Las rodillas le fallaron por una fracción de segundo. Llevó las manos a su cabeza, pasándose los dedos por el cabello oscuro, incapaz de procesar la magnitud de la tragedia que había creado su propia ambición. Un hijo. Tenía un hijo de 4 años.
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