Las acusaciones fueron brutales. Según el expediente, robó morfina y medicamentos pediátricos carísimos del inventario para venderlos en el mercado negro. alteró los registros, puso en riesgo la vida de pacientes. Héctor estrelló el puño contra el cristal del escritorio con tanta fuerza que la estructura crujió. Es mentira, rugió escupiendo las palabras con una furia incontrolable. Nayeli jamás haría eso. Su vocación era su vida. Preferiría morir de hambre antes de robarle una pastilla a un paciente. Es un montaje, sea.
Lo sé, señor, respondió Vargas con frialdad clínica, sin inmutarse ante la explosión de ira. Y la junta médica también lo sabía. En ese momento, faltaban pruebas contundentes. Iban a desestimar el caso. Pero entonces alguien intervino. Héctor se paralizó. Una gota de sudor frío recorrió su nuca. levantó la vista hacia el investigador. ¿Quién? Vargas extendió la mano, tomó un documento del fondo de la carpeta y lo deslizó sobre el escritorio. Era una transferencia bancaria internacional por 3 millones de pesos dirigida a la cuenta personal del director del Hospital San José, fechada el mismo día en que Anayeli y le revocaron la licencia médica para siempre.
El remitente del dinero estaba claramente impreso en la cabecera del banco. Fideicomiso familiar Mendoza. El aire abandonó los pulmones de Héctor. El mundo empezó a girar vertiginosamente a su alrededor. Mendoza, el apellido de soltera de su esposa. Fabiola. Su actual esposa, la señora Fabiola Mendoza de Villalobos, manejaba ese fideicomiso en ese entonces. Continuó Vargas como si estuviera leyendo el clima. Pero eso no es todo. La señora Rojas intentó buscar trabajo en hospitales públicos, clínicas pequeñas, incluso farmacias de barrio.
Cada vez que conseguía una entrevista, el bufete de abogados de la familia Mendoza enviaba una carta amenazando con demandas multimillonarias por encubrimiento de una criminal a cualquier clínica que osara contratarla. Héctor se dejó caer en su silla de cuero. El informe era un acta de ejecución. Fabiola no solo la había despedido, la había cazado sistemáticamente, bloqueando cada puerta, cerrando cada oportunidad, asfixiándola hasta que la única opción que le quedó a una de las mejores enfermeras del país fue recoger basura en un restaurante para no morir de hambre.
¿Por qué? Susurró Héctor sintiendo que la garganta se le cerraba. ¿Por qué ensañarse así? Fabiola ya había ganado. Yo me casé con ella. El maldito imperio farmacéutico se unió. Nayeli nunca nos buscó. ¿Por qué destruirla así? Vargas guardó silencio por un momento. La expresión de su rostro, habitualmente de piedra, mostró un destello de genuina compasión. Pasó la última página del informe. Era un registro médico de urgencias de una pequeña clínica periférica fechado hace 4 años y medio.
Un acta de nacimiento. Porque la señora Rojas no estaba sola cuando usted la dejó, señor Villalobos. dijo Vargas en voz muy baja. La señora Fabiola descubrió lo que usted aparentemente ignoraba. Nayeli Rojas estaba embarazada y la familia Mendoza jamás iba a permitir que un hijo bastardo pusiera en riesgo la herencia y el control absoluto del monopolio farmacéutico que estaban construyendo con usted. El silencio en el piso 40 fue absoluto. Ensordecedor. Héctor tomó el acta de nacimiento con manos temblorosas.
Allí estaba impreso en tinta negra. Nombre del recién nacido Dante Rojas. El apartado donde debía ir el nombre del padre estaba dolorosamente en blanco. Héctor cerró los ojos y la imagen de Dante tosiendo en la oscuridad en una casa con piso de tierra, usando un nebulizador improvisado con sobras de basura médica, lo golpeó con la fuerza de un tren de carga. su hijo, el heredero legítimo de todo ese imperio de cristal y acero en el que estaba sentado.
Su esposa lo sabía. Su esposa había financiado la miseria de la mujer que amaba para enterrar vivo a su propio hijo. Héctor abrió los ojos. La culpa paralizante que lo había dominado durante la madrugada había desaparecido por completo. En su lugar, un fuego oscuro, una rabia asesina y calculada se apoderó de cada célula de su cuerpo. Se puso de pie. Su postura cambió. Ya no era el hombre de negocios derrotado, era un depredador a punto de destrozar su propio imperio.
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