Un tratamiento que costaba más de 50,000 pesos mensuales. Nayeli, una enfermera brillante y con honores, estaba arriesgando su libertad, escarvando en la basura biológica para extraer las sobras de las ampolletas desechadas por los ricos solo para mantener vivo a su hijo. Al hijo de Héctor. “Ven, siéntate aquí, campeón”, le dijo ella, preparándole un improvisado nebulizador casero conectado a la jeringa. El niño obedeció sin quejarse, acostumbrado a la rutina. Mientras la máquina vieja empezaba a zumbar, bombeando el medicamento rescatado hacia los pulmones de Dante, Nayeli se dejó caer contra la pared de ladrillos sin pintar.
Cerró los ojos y por primera vez en toda la noche dejó escapar una lágrima solitaria que resbaló por su mejilla sucia. Héctor quiso gritar, quiso levantarse, patear esa puerta de lámina, sacar su chequera y comprar el hospital entero esa misma noche. Quiso abrazar a ese niño y pedirle perdón a ella hasta quedarse sin voz. Se apoyó en el muro de concreto, listo para salir de las sombras, pero se detuvo. ¿Qué iba a decirle? Hola, Nayeli. Lamento haberte dejado por la heredera de un imperio hace 5 años cuando me dijiste que necesitabas hablar conmigo de algo urgente.
Iba a irrumpir en su casa vestido con un traje que costaba más de lo que ella ganaba en 5 años limpiando mesas. Ella huiría o peor, lo echaría a patadas. Y con justa razón, no. Héctor retrocedió un paso hacia la oscuridad. La puerta de metal se cerró lentamente desde adentro con un chirrido metálico, cortando el rayo de luz y dejándolo solo en la fría y húmeda penumbra de la calle. Tenía que actuar, pero tenía que hacerlo con inteligencia.
La miseria de Nayeli no tenía sentido. Era la mejor enfermera de su generación. Era solicitada en los mejores hospitales privados. Limpiar sobras en un restaurante no era solo producto de la mala suerte, era una imposibilidad estadística. Alguien la había destruido y Héctor iba a averiguar quién caminó de regreso a su camioneta blindada. Sus zapatos italianos estaban arruinados, su traje manchado de barro, pero su mente trabajaba a una velocidad letal. Encendió el motor V8. El rugido rompió el silencio de la madrugada.
Sacó su teléfono satelital del compartimiento y marcó un número encriptado. Sonó dos veces. Dígame, señor Villalobos. La voz al otro lado era áspera, profesional y sin rastro de sueño, a pesar de ser las 3 de la mañana. Vargas, necesito todo, absolutamente todo. ¿Sobre quién, señor? Nayeli Rojas, exenmera en el Hospital San José. Quiero saber dónde ha estado los últimos 5 años, dónde ha trabajado, quién la ha contratado, quién la despidió, sus cuentas bancarias, sus registros médicos. Quiero saber quién le vende el pan y quién le cobra el agua.
Lo quiero en mi escritorio a las 7 de la mañana. Y Vargas. Sí, señor. Si descubres que alguien le hizo daño, quiero el nombre de esa persona en letras rojas. El sol de Monterrey golpeaba los inmensos ventanales de cristal del corporativo Villalobos, pero la oficina principal en el piso 40 estaba sumida en un frío glacial. Héctor no había dormido un solo segundo. Estaba de pie frente al ventanal, mirando la ciudad a sus pies, aún con el mismo traje manchado de lodo de la noche anterior.
La puerta de madera de Caoba se abrió a sus espaldas sin que nadie tocara. Ignacio Vargas, un exmilitar de inteligencia que ahora operaba como el investigador privado más despiadado de la élite mexicana, entró en la oficina. Llevaba un maletín negro de cuero rígido. No hizo preguntas sobre el aspecto desaliñado de su jefe. Simplemente caminó hasta el escritorio de cristal templado y dejó caer una carpeta gruesa. El sonido resonó como un disparo en el silencio de la oficina.
“Fue difícil de desenterrar, señor Villalobos”, dijo Vargas cruzándose de brazos. Alguien se tomó muchísimas molestias en borrar a esta mujer del mapa. No querían matarla, querían asegurarse de que no pudiera sobrevivir. Héctor se giró lentamente. Sus ojos estaban inyectados en sangre. Caminó hacia el escritorio y abrió la carpeta. La primera página era una fotografía de Nayeli tomada hace 5 años. Sonreía con su uniforme blanco impecable. La segunda página era una fotografía tomada ayer. Nayeli saliendo por el callejón de servicio del restaurante cargando bolsas de basura.
El contraste era una puñalada directa al pecho. Explícate, ordenó Héctor con la voz ronca. Nayeli Rojas no renunció a su carrera, señor. Fue inhabilitada. Hace exactamente 4 años y 11 meses. Héctor hizo el cálculo mental al instante, un mes después de que él la abandonara y se casara con Fabiola para consolidar la fusión de sus empresas familiares. ¿Por qué? exigió saber pasando las páginas llenas de sellos judiciales y actas notariales. Fue acusada de negligencia médica severa y robo de narcóticos dentro del Hospital San José.
Leave a Comment