“Exprime los motores, no me importa si los quemas.” “Estamos al límite, señor”, respondió el piloto sudando frío mientras maniobraba la pesada aeronave esquivando rascacielos. Visualizo el parque industrial, pero las luces del elipuerto de los laboratorios centrales están en rojo. Han activado el protocolo de exclusión aérea. A través del parabrisas de la cabina, Héctor vio el imponente complejo de cristal y acero negro que albergaba el corazón de su imperio farmacéutico. Las alarmas estroboscópicas parpadeaban furiosamente en la azotea.
Y peor aún, bajo las luces de emergencia, un escuadrón táctico de seguridad privada estaba desplegado en formación de combate alrededor de la pista de aterrizaje. Llevaban chalecos antibalas, cascos balísticos y rifles de asalto apuntando directamente hacia el cielo. Sus propios hombres, comprados y controlados ahora por la orden federal de Fabiola. Aterriza”, ordenó Héctor desabrochándose el cinturón de seguridad. “Señor, ¿tienen autorización para abrir fuego si tocamos la pista?”, gritó el piloto aterrado. Vargas, sentado frente a Héctor en la cabina trasera, amartilló su subfusil compacto con un chasquido metálico y letal.
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