LA EMPLEADA RECOGÍA SOBRAS DEL RESTAURANTE — EL MILLONARIO LA SIGUIÓ Y DESCUBRIÓ ALGO IMPACTANTE…

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Señor, se lo advierto, si aterrizamos en los laboratorios nos van a arrestar antes de que podamos tocar las bóvedas. No tenemos autoridad. No necesitamos autoridad, Vargas, gruñó Héctor caminando hacia el helicóptero bajo la tormenta de viento con la mirada de un hombre que ya no tenía absolutamente nada que perder. Necesitamos potencia de fuego. Dile a tu equipo táctico que cargue las armas. Vamos a asaltar nuestra propia empresa. El helicóptero bimotor cortó el cielo nocturno de Monterrey como una cuchilla negra.

Abajo, las luces de la ciudad se difuminaban en un mar de neón y sombras, pero Héctor Villalobos no miraba por la ventanilla. Sus ojos estaban clavados en el cronógrafo de su reloj de pulsera. 9 minutos. Ese era el tiempo exacto que le quedaba al cerebro de Dante antes de que la falta de oxígeno causara un daño irreversible, o, peor aún, la muerte clínica. Nueve malditos minutos. Más rápido”, rugió Héctor por el auricular de comunicación, su voz compitiendo con el ensordecedor estruendo de las turbinas.

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