Un domingo, Valeria notó algo diferente.
Don Ricardo parecía más débil.
Respiraba con dificultad.
Su voz temblaba.
—¿Se encuentra bien? —preguntó ella.
El anciano soltó una pequeña risa.
—Envejecer no es para cobardes.
Ella sonrió, aunque el miedo comenzó a crecer en su interior.
Durante los meses siguientes, su salud empeoró rápidamente.
Las visitas al hospital se volvieron frecuentes.
Caminar dejó de ser fácil.
Luego dejó de ser posible.
Aun así, cada domingo quería verla.
Una tarde, mientras ella acomodaba una manta sobre sus piernas, él tomó su mano.
—¿Sabes algo? —preguntó.
—¿Qué cosa?
—Cambiaste mis últimos años.
Los ojos de Valeria se llenaron de lágrimas.
—No, Ricardo… usted cambió los míos.
El anciano sonrió.
No necesitaban decir nada más.
Tres semanas después, Laura la llamó.
Bastó escuchar su voz para entenderlo.
—Papá falleció.
Valeria lloró durante horas.
No porque hubiera perdido un empleo.
Sino porque había perdido a alguien que amaba.
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