El domingo llegó cargado de nervios.
Don Ricardo vivía en una pequeña casa blanca rodeada de flores y árboles.
Cuando Valeria tocó la puerta, él apareció casi de inmediato.
Aunque no podía verla, sonrió.
—Ya llegaste.
La joven sintió un peso en el pecho.
—Hola, abuelo.
Aquella palabra le pareció un robo.
Sin embargo, Ricardo tomó su mano con calidez.
—Pasa, hija.
La visita duró más de cuatro horas.
El veterano le contó historias de su servicio militar, de los años en que reparaba vehículos, de jornadas de pesca y, sobre todo, de su esposa Elena.
Cada vez que hablaba de ella, su voz se volvía más suave.
—Elena podía hacer reír a cualquiera —decía—. Incluso a mí.
Por momentos, Valeria olvidó que estaba actuando.
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