Una semana después conoció a Laura Salazar, la hija del veterano.
—Mi padre se llama Ricardo Salazar —explicó ella—. Perdió la vista hace seis años. Es orgulloso, terco y mucho más solitario de lo que admite.
Luego agregó con tristeza:
—Mi hija dejó de visitarlo después de una discusión familiar. Él todavía pregunta por ella.
Valeria entendió la situación, aunque seguía sintiéndose incómoda.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó.
—Visitarlo todos los domingos. Conversar con él. Almorzar juntos. Hacerle sentir que alguien todavía viene a verlo.
—¿Y fingir que soy su nieta?
Laura bajó la mirada.
—Sí.
Valeria aceptó.
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