—Lily —dijo Edward con voz suave—, te perdí una vez porque confié en la persona equivocada. No volveré a perderte. Las lágrimas llenaron los ojos de Lily. —Y… necesito tiempo. Edward asintió. —Tómate todo el tiempo que necesites. Pero déjame protegerte, por favor. Si Margaret hizo esto… quién sabe qué más ha hecho. Margaret siseó: —¿Cómo te atreves a acusarme delante de ella? ¡La estás poniendo en mi contra! La mirada de Edward se endureció. —Te las has arreglado tú sola para eso.
Esa noche, Edward contrató a un detective privado. En dos días, surgieron pruebas abrumadoras: documentos, papeles de adopción y transferencias que se remontaban a Margaret. Ella había organizado la colocación de Lily en un hogar de acogida bajo una identidad falsa, fabricando la historia del abandono.
Confrontada, Margaret se derrumbó. —¡Sí! ¡Fui yo! Estabas obsesionado con esa niña. Todos tus planes, cada palabra, era ella. Yo era tu esposa. ¡Me negaba a ser la segunda! Edward apretó los puños, pero se contuvo. —No solo me traicionaste a mí. Destrozaste la vida de una inocente. Lily permaneció sentada, en silencio, con lágrimas en las mejillas. —Toda mi vida creí que nadie me quería. ¿Y mi padre estaba vivo todo este tiempo? La voz de Edward tembló. —Te quise cada día. Pensé que te había fallado. Pero ahora lo sé: no fui yo quien se fue. Fue ella.
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