La sala quedó en silencio.
—Salió —respondió mi suegra—. Tenía algo urgente.
Saqué el celular.
—Entonces le voy a llamar.
Apenas desbloqueé la pantalla, mi papá me sujetó la muñeca con una fuerza desesperada.
—No, mija. No lo llames.
Lo miré confundida. Tenía la frente empapada de sudor y los ojos llenos de pánico.
—Papá, ¿qué pasa?
—Ven conmigo —me susurró—. Por favor. A solas.
Me jaló hacia la habitación de visitas sin esperar mi respuesta. Cerró la puerta con seguro y se sentó en la orilla de la cama como si las piernas ya no le respondieran.
Yo seguía de pie, con el corazón golpeándome en el pecho.
—Papá, dime la verdad. ¿Por qué estás aquí? ¿Qué te dijo Ricardo?
Mi padre me miró como si todavía no pudiera creer que yo estuviera frente a él.
—Mija… ¿entonces no estás detenida?
Sentí que el mundo se ladeaba.
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