Las tres cabezas voltearon al mismo tiempo.
Maribel se atragantó con una uva. Doña Teresa se levantó de golpe, con los ojos abiertos como platos.
—¿Lucía? —balbuceó—. ¿Ya regresaste? Pero Ricardo dijo que…
No terminé de escuchar. Caminé directo hacia mi papá.
—Papá, levántate.
Él levantó la cara. Traía la camisa manchada, las manos temblorosas y una vergüenza que no le pertenecía.
—Mija… ¿tú qué haces aquí?
Su pregunta me heló más que la escena.
—¿Cómo que qué hago aquí? Es mi casa. ¿Por qué estás limpiando el piso de rodillas?
Mi papá bajó la mirada.
—Se me cayó la canasta. No quise causar problemas.
Me giré hacia mi suegra.
—¿Y a ninguna de ustedes se le ocurrió darle un trapeador? ¿O ayudarlo? ¿No les dio vergüenza ver a un señor mayor limpiando así?
Maribel se cruzó de brazos.
—Ay, Lucía, no empieces. Si él lo tiró, él lo limpia. Además, nadie lo obligó a venir con sus cosas oliendo feo.
—Maribel —dije, despacio—, esta casa la pago yo. Y en esta casa nadie trata así a mi padre.
Doña Teresa se recompuso rápido. Se acomodó el collar y habló con ese tono falso que siempre usaba cuando quería parecer víctima.
—No exageres. Tu papá llegó de repente, todo nervioso. Dijo que necesitaba ver a Ricardo. Luego se le cayó la comida y él solito quiso limpiar. Nosotras no hicimos nada malo.
—¿Dónde está Ricardo?
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