¿Es cierto eso? Preguntó sin alzar la voz. Camila encogió los hombros. Todo está en regla, respondió. Legal. Legal. La palabra me golpeó en la 100. Julián evitó mirarme. Yo sentí vergüenza, vergüenza de que don Ernesto me viera así, de que supiera que yo, la mujer que compró esa casa con años de costura y desvelos, dormía ahora en un cuarto donde antes se guardaban herramientas. Venga, dije. Le preparo un café. Caminé hacia el fondo. Ernesto me siguió. Al pasar por el pasillo, noté que Camila y Julián se quedaban atrás hablando en voz baja.
El cuarto del fondo olía a humedad. Ernesto se detuvo en la puerta. Miró el espacio estrecho, la cama individual, el armario viejo, la ventanita que apenas dejaba entrar luz. Aquidorerme, preguntó. Asentí. Es suficiente. Él apretó la mandíbula. Teresa dijo, “¿Qué le hicieron? Quise decir que nada, que estaba bien, que no se preocupara.” Era lo que siempre decía, pero la palabra se me atoró. Sentí un nudo en la garganta. Pensé en las noches frías, en las veces que me quedé sin cenar, en el miedo de que me llevaran a un asilo si me quejaba.
Pensé en los papeles que firmé sin leer. No, aquí susurré. Ernesto asintió. Entonces, escúcheme, dijo, “no vine por casualidad. Desde la sala llegó la voz de Camila impaciente. Ya acabaron.” Ernesto se enderezó. Sus ojos tenían ahora una firmeza que no había visto antes. “Apenas empezamos”, respondió. Sentí por primera vez en años algo distinto al miedo. No era alivio todavía, era otra cosa, como si alguien hubiera encendido una luz pequeña en el fondo del pasillo. Ernesto no dijo nada más en ese momento.
Se limitó a observar el cuarto con una atención que me incomodaba. No era curiosidad, era evaluación, como si estuviera armando un rompecabezas en silencio. Yo me moví torpemente para servir el café en una taza despostillada. El gas tardó en encender. Todo tardaba últimamente. “Siéntese”, me dijo con suavidad. “No se apure.” Obedecí. Mis rodillas agradecieron. Desde ahí con el vapor del café subiéndome a la cara. Me atreví a mirarlo mejor. Tenía el cabello entreco, bien peinado, las manos firmes de esas que han firmado muchos documentos.
Pensé en los domingos lejanos, cuando venía con mi esposo a revisar recibos, escrituras, cosas para que luego no haya problemas. Me pregunté por qué había dejado de venir. No quería aparecer sin avisar, dijo, como si me leyera. Pero algo me dijo que debía pasar. Antes de que pudiera responder, escuchamos pasos rápidos. Camila apareció en la puerta del cuarto del fondo. Su perfume llenó el espacio pequeño chocando con el olor a humedad. Doña Teresa Julián, la busca anunció sin mirarme.
Tenemos que hablar de unas cosas. Ernesto se levantó despacio. ¿Puedo acompañarla? Preguntó. Camila. alzó una ceja. No es necesario, respondió. Es asunto de familia. Yo también soy familia vieja, dijo él. Y amigo. Camila apretó los labios, se dio media vuelta y salió. Ernesto me ofreció el brazo. Dudé un segundo, pero lo tomé. Hacía años que nadie me ofrecía apoyo sin reproche. En la sala, Julián estaba de pie cruzado de brazos. La televisión seguía encendida, un programa cualquiera que nadie miraba.
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