Camila hablaba rápido intentando cerrar la puerta. El hombre no la dejó. Viajé todo el día, dijo, “No me voy sin verla. Ese tono no era de amenaza, era de respeto. Y eso me dolió más que cualquier grito. Me asomé a la sala. Camila estaba de espaldas con el cabello recogido usando una blusa nueva. El hombre se volvió al verme. Era alto de hombros anchos, traje sencillo, zapatos bien cuidados. Me miró como quien reconoce algo que no esperaba encontrar tan cambiado.
Sus ojos se abrieron apenas. Teresa repitió, “Soy Ernesto. Mi memoria tardó un segundo en alcanzarlo. Don Ernesto Salgado, el amigo de mi difunto esposo, el que venía los domingos a tomar café y hablar de papeles de arreglos de cosas que conviene dejar en orden. No lo veía desde antes de que Julián regresara a casa, antes de que todo se torciera. Pasé”, dije con una voz que no sentí mía. Camila hizo un gesto de fastidio. Julián apareció desde la escalera en chancla sin camisa, con la panza asomando.
Sonrió de un modo extraño. Don Ernesto dijo, “Qué sorpresa.” Se dieron la mano. Ernesto no le quitó los ojos de encima, luego miró alrededor. El sofá de piel negra ocupaba media sala. La televisión enorme colgaba de la pared, cortinas gruesas nuevas. Todo eso no estaba antes. Y doña Teresa preguntó, “¿Aquí vive?” Camila soltó una risita corta. “Claro que vive aquí”, respondió, “pero duerme atrás. A ella le gusta estar tranquila.” Atrás, Ernesto frunció el ceño. ¿Por qué duerme en el cuarto del fondo?
Yo bajé la mirada. Julián se adelantó. Es temporal, mintió. Reformamos la casa y Camila lo interrumpió con una sonrisa afilada. Porque esta casa es mía dijo. Y las viejas se callan. El silencio cayó pesado. Sentí el calor subir por el cuello. No supe dónde poner las manos. Ernesto no reaccionó de inmediato. Me miró. Me miró bien, vio mis pies descalzos hinchados, el delantal con manchas de cloro, el cabello blanco mal cortado. Vi como su expresión cambiaba como si una puerta se cerrara por dentro.
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