Diego no esperó respuesta.
Caminó directo al bote de basura.
Metió la mano entre servilletas grasosas, cajas rotas y restos de comida.
Sacó 2 cajas vacías de medicamento.
Luego otra.
Después un frasquito pequeño, todavía con gotas en el fondo.
Los leyó con cuidado.
Hierro.
Vitaminas prenatales.
Medicamento para la presión.
El rostro de Diego cambió por completo.
Ya no era enojo.
Era horror.
—¿Qué hacen estas medicinas en la basura?
Nadie habló.
La televisión apagada dejaba la casa demasiado callada.
Brenda tragó saliva.
Karla dejó de grabar.
Sofía miró a doña Carmen.
Y doña Carmen, por primera vez en la noche, no tuvo respuesta rápida.
Diego levantó el frasco.
—Estas gotas no estaban vacías. El doctor se las mandó a Lucía por su presión. ¿Quién las tiró?
—Ay, mijo, no empieces con dramas —dijo doña Carmen, levantándose despacio—. Esa muchacha se mete demasiadas cosas. En mis tiempos no necesitábamos tanta pastilla para parir.
Diego sintió que se le nublaba la vista.
—¿Tú las tiraste?
Doña Carmen levantó la barbilla.
—Yo solo le quité lo que la estaba volviendo débil.
Brenda intervino, nerviosa.
—Mamá dijo que era como una prueba, Diego. Que si Lucía dejaba de depender de medicinas, iba a demostrar que sí podía con la casa y con el embarazo.
—¿Una prueba? —Diego casi escupió la palabra—. ¿Le hicieron una prueba a una mujer embarazada de 8 meses?
Karla quiso sonar valiente, pero la voz le tembló.
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