Brenda ni siquiera levantó la vista.
—En la cocina, güey. Según ella estaba cansada, pero ya le dijimos que mínimo ayudara con algo.
Karla soltó una risa burlona.
—Ay, Diego, no exageres. Nomás son unos trastecitos. Además, embarazada no significa inútil.
Doña Carmen suspiró como si estuviera dando una lección de vida.
—Mijo, cuando yo estaba embarazada de ti, lavaba, trapeaba, cocinaba y todavía me iba al mercado cargando bolsas. Ahora las muchachas creen que por tener panza ya son de cristal.
Diego no contestó.
Caminó hacia la cocina.
Cada paso le pesaba más.
Cuando llegó, se quedó helado.
Lucía estaba descalza frente al fregadero.
Su vientre enorme chocaba contra la barra.
Tenía una mano en la espalda y con la otra tallaba una olla quemada.
Su blusa de maternidad estaba mojada.
Sus ojos estaban rojos.
Su cara, pálida.
Le temblaban las piernas.
Al verlo, intentó sonreír.
—Amor… ya llegaste. Dame 5 minutitos y te caliento cena.
La voz se le quebró.
Diego cerró la llave del agua y le quitó la fibra de la mano.
—Se acabó, Lucía. No vas a lavar ni un plato más.
Ella se asustó.
—Por favor, no hagas coraje. Tu mamá se va a enojar más.
Diego sintió que el pecho se le llenaba de rabia.
—¿Más? ¿Desde cuándo te tratan así?
Lucía bajó la mirada.
Una lágrima cayó directo sobre su panza.
—Desde hace 3 meses. Dicen que soy una mantenida. Que tú te matas trabajando mientras yo me hago la enferma.
Diego apretó los puños.
Antes de que pudiera decir algo, Lucía se dobló de dolor.
Se llevó las 2 manos al vientre y soltó un gemido seco.
—Me duele… Diego, me duele mucho.
Él la cargó de inmediato y la llevó a la recámara.
Llamó al doctor.
La respuesta lo dejó frío.
—A los 8 meses, ese nivel de esfuerzo y estrés puede provocar una emergencia. Vigílala. Si hay sangrado, tráigala ya.
Diego bajó las escaleras con la respiración cortada.
En la sala, su familia seguía riéndose.
Él caminó hasta la televisión y arrancó el cable de un jalón.
Todo quedó en silencio.
—¿Qué te pasa? —gritó Sofía—. ¡Estaba viendo mi programa!
Diego las miró una por una.
—Ahora mismo me van a decir qué le han hecho a mi esposa.
Y justo cuando doña Carmen abrió la boca para hacerse la víctima, Diego vio algo en el bote de basura de la cocina que le heló la sangre, porque era imposible creer lo que estaba a punto de ocurrir.
PARTE 2
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