Y eso le iba a salir carísimo.
—¿Quieres conservar la casa? —preguntó el licenciado con cuidado.
Lucía bajó la mirada.
La palabra “conservar” le dolió.
En esa casa aprendió a andar en bicicleta. En esa cocina su mamá le enseñó a hacer arroz rojo. En ese patio su papá la esperaba cada vez que volvía tarde de la universidad.
Pero también entendió una verdad brutal.
La casa ya no era un refugio.
Roberto la había convertido en botín.
—No —respondió—. Quiero venderla. Rápido. Y sin que él se entere.
El licenciado no la juzgó.
Llamó a una inmobiliaria de confianza. Esa misma tarde, una agente revisó la propiedad y confirmó que una casa antigua en Coyoacán, bien ubicada y con terreno amplio, podía venderse muy rápido.
Para sorpresa de Lucía, apareció un comprador en menos de 24 horas.
Un empresario que buscaba restaurar una casa tradicional para convertirla en residencia familiar.
Ofreció casi 9,000,000 de pesos, pago inmediato y cierre ante notario.
Lucía sintió que el corazón se le partía.
No vendía paredes.
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