
En muchas mujeres, la circulación floja se traduce en tobillos hinchados, pies fríos y una sensación de presión que empeora al cerrar el día. A veces no duele fuerte; simplemente molesta todo el tiempo, como un zapato que ya no ajusta igual aunque sea el de siempre.
Es como si el drenaje de una casa se fuera tapando poco a poco. No se inunda de golpe, pero el agua empieza a quedarse donde no debería, y cada hora pesa más.
Con constancia, la diferencia se nota en los detalles: el calzado aprieta menos, la hinchazón baja, el descanso llega sin esa incomodidad que obliga a mover los pies en la cama. El cuerpo deja de pelearse con la noche.
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