—¿También esto es parte de tu teatro?
Mateo bajó el ramo.
—No. Te amo.
Lucía cerró los ojos un segundo, como si esas palabras le dolieran.
—No digas eso para arreglar lo que rompiste.
—Puedo darte estabilidad. Puedo ayudarte con la escuela, con la renta, con lo que necesites. Nunca volverías a preocuparte por dinero.
Ella soltó una risa triste.
—Eso es lo que no entiendes. Yo pasé años construyéndome para no depender de nadie. Sobreviví a un padre violento, a deudas, a funerales, a trabajos donde me trataban como menos. Y cuando por fin alguien me miró sin lástima, resultó que también me estaba evaluando.
Mateo sintió que las flores pesaban como piedras.
—No quise lastimarte.
—Pero lo hiciste.
Lucía respiró hondo.
—Voy a renunciar. No aceptaré el ascenso. No quiero que mi futuro dependa de tu culpa.
—Lucía…
—Si algún día vuelves a hablarme, que sea sin disfraces, sin pruebas y sin querer salvarme.
Se fue caminando bajo las luces del parque. Mateo no la siguió. Por primera vez entendió que amar a alguien no era alcanzarlo con dinero, sino respetar la distancia que esa persona necesitaba para sanar.
Seis meses después, una pequeña florería abrió en una esquina tranquila de la colonia Roma.
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