El dueño millonario entró vestido como un cliente humilde a su propia relojería…

El dueño millonario entró vestido como un cliente humilde a su propia relojería…

Mateo perdió la sonrisa.

—No exactamente. Yo quería conocer la verdad.

—¿Mi verdad o tu poder? —dijo ella, con la voz rota—. Me viste arrastrarme en la calle buscando una cartera que nunca estuvo perdida. Me dejaste contarte mi vida en la casa hogar mientras tú escondías que eras mi jefe. ¿Y ahora vienes a premiarme frente a todos como si yo fuera un personaje de tu buena acción del mes?

—Lucía, yo quería protegerte.

—No necesito que me protejas mintiéndome.

La tienda entera escuchaba.

—Tú no me viste como una persona —continuó ella—. Me viste como una respuesta para tu duda: “¿todavía existe gente buena?”. Y yo no nací para demostrarle humanidad a un millonario aburrido.

Mateo quiso acercarse.

—Lo siento.

—Yo también.

Lucía se quitó el gafete y lo dejó sobre el mostrador.

—Necesito salir.

Nadie se atrevió a detenerla.

Esa tarde, Mateo la esperó en el Parque México con un ramo enorme de rosas rojas. Se sentía ridículo, pero desesperado. Cuando Lucía apareció, llevaba una chamarra sencilla y los ojos cansados.

—Lucía, por favor. Déjame explicarte.

Ella miró las flores.

Post navigation

Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

back to top