Dos semanas después el tribunal confirmó el fallo.
Nuestro matrimonio era legal y válido.
Y el testamento de Don Raúl también.
La casa quedaría para su esposa y su hijo.
Sus sobrinos intentaron apelar, pero finalmente sus recursos fueron rechazados.
Ese año envejeció a Don Raúl más que todos los anteriores.
No por el juicio.
Sino porque la traición pesa más que el tiempo.
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