También encontró gallinas. Cinco, flacas, desconfiadas, semisalvajes, picoteando detrás del cobertizo como si hubieran decidido sobrevivir con o sin permiso de nadie.
Empezó por la casa.
Barrió tanto polvo que al final del primer día tenía la espalda rota y las manos negras, pero el piso de madera volvió a verse. Sacudió telarañas. Restregó la mesa con agua y arena. Forzó ventanas hinchadas por el tiempo hasta que abrieron y dejaron entrar aire nuevo. Lavó trapos. Tendió ropa. Reparó como pudo una gotera vieja. El rancho, poco a poco, comenzó a respirar de nuevo.
Benito dormía cerca de ella, rodeado por la maleta y cobijas enrolladas. Aurora se quedaba siempre a la vista, echado en la puerta trasera, observándolo todo con la paciencia grave de los animales que parecen entender más de la cuenta.
Al octavo día desde que llegó, Rosario ya no se sentía una intrusa. Todavía no se atrevía a llamarle hogar, pero el lugar había empezado a tomar su ritmo. Despertaba con la luz del alba. Encendía el fogón. Bebía agua del manantial. Cortaba hierba. Revisaba la huerta. Daba de comer a las gallinas. Improvisaba pañales. Lavaba. Amamantaba. Hablaba sola a veces, para no olvidar el sonido de una voz adulta dentro de la casa.
Y a Aurora le hablaba mucho.
Le contaba cosas sin pensarlas. Le hablaba de Gerardo y de cómo el río lo había tragado sin darle tiempo a despedirse. Le hablaba de Benito y del miedo de no saber si podría mantenerlo vivo. Le hablaba del camino, de la suegra, del cansancio que traía metido en los huesos. El potro la seguía con sus ojos enormes y de vez en cuando resoplaba como si contestara.
Para la segunda semana, la cría ya caminaba mejor. Al principio daba pasos descompuestos, cómicos, casi tristes. Luego empezó a trotar trayectos cortos. Después a seguirla a la huerta y de vuelta. Rosario se dio cuenta de que, cada vez que se alejaba demasiado, Aurora levantaba la cabeza y la buscaba con una ansiedad que no disimulaba. Aquel animal no solo la había elegido. La estaba amarrando a la vida con una cuerda que ella no veía, pero sentía.
La primera persona que llegó al rancho fue una mujer pequeña y ancha llamada doña Querubina.
Apareció una mañana en el portón, con rebozo oscuro y canasto en la cintura, y se quedó esperando sin cruzar. Rosario la vio desde el solar y fue hasta ella con Benito cargado al hombro.
—Vi humo saliendo de la chimenea tres días seguidos —dijo la mujer, mirándola con ojos vivos y atentos—. Y como esta casa estaba cerrada desde que murió don Fermín, vine a ver si el difunto había resucitado o si el cielo me estaba mandando trabajo.
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