Y ella, que tampoco tenía a nadie.
A veces el destino no llega haciendo ruido. A veces llega temblando sobre cuatro patas demasiado delgadas, apoyándote el hocico en la mano.
Rosario pasó la primera noche en el piso de la sala. Benito durmió en el colchón de paja. El potro se echó del otro lado de la puerta trasera, tan cerca que ella alcanzaba a escucharle la respiración por la rendija de la madera. No durmió mucho. Pero durmió. Y cuando una persona lleva días sobreviviendo a la intemperie, un poco de sueño ya parece una forma humilde del milagro.
Amaneció con el sonido torpe de pezuñas pequeñas golpeando la tierra.
Abrió la puerta trasera cargando a Benito y encontró a la cría de pie, medio vencida, pero firme. Al verla, el animal dio tres pasos hacia ella y volvió a recargarle el hocico en la mano.
El sol nacía detrás de los árboles y le encendía el pelo de un brillo cobrizo.
Rosario entendió de inmediato el problema mayor: el potro tenía que comer. Sin yegua, sin vaca, sin nada, la única leche posible era la de ella. Se sentó en el quicio, acomodó a Benito en un brazo, exprimió con paciencia unas gotas de leche materna sobre un pedazo de tela limpia y se la ofreció a la cría. El potro chupó con una desesperación que daba miedo.
Así pasaron la mañana: ella repartiéndose entre el hijo y el animal, estirando lo poco que tenía hasta volverlo suficiente por unas horas más.
Fue ese mismo día cuando decidió ponerle nombre.
Lo llamó Aurora.
No porque el potro fuera hembra ni porque el nombre correspondiera a nada visible, sino porque aquel animal había llegado cuando su vida estaba completamente a oscuras y, aun así, traía encima una promesa de amanecer. A veces uno nombra las cosas no por lo que son, sino por lo que espera que anuncien.
Los días siguientes fueron un lento descubrimiento.
Al tercer día encontró la huerta detrás de la casa: guayabos, un naranjo, un limonero, todo crecido sin poda, pero terco todavía en dar fruto. Al cuarto día halló el manantial, escondido entre piedras en una hondonada húmeda detrás de la huerta. El agua salía limpia, fresca, cantando por un surco natural hasta perderse entre la maleza. Al quinto día descubrió el cobertizo lateral con herramientas oxidadas, costales viejos, una silla de montar incompleta y un montón de trastos que parecían inútiles hasta que la necesidad les devolvía el sentido.
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