Por lo general, se hacen presentes cuando nos pilla un resfriado fuerte, una gripe de esas que te tumban o cuando la sinusitis decide hacernos la vida imposible con infecciones virales o bacterianas.
Pero ojo, que no siempre es culpa de un bicho; a veces son las reacciones alérgicas, como el asma o la famosa fiebre del heno, las que disparan la producción de moco. Incluso, algo tan específico como tener las cuerdas vocales dañadas puede ser el detonante de toda esta congestión que no te deja estar tranquilo en tu día a día.
En estos escenarios, es normal que te sientas fatal y sin ánimos de nada. Además de la flema, suelen aparecer la fiebre, una debilidad que hace que hasta levantarse del sofá sea un reto, y una secreción nasal que parece una canilla abierta.
A esto le sumamos esa tos constante que no solo cansa, sino que dificulta muchísimo el simple hecho de respirar adecuadamente. Es fundamental que le prestes atención a estos síntomas y no los dejes pasar como si nada para evitar complicaciones mayores.
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